Para que se reunia la iglesia?

Escrito por cristianismobiblico 09-12-2007 en General. Comentarios (7)

¿Cual era propósito de la reunión como iglesia?

(Una visión clara a la práctica de la iglesia neotestamentaria)

Blog de Mario Rodriguez Bernier

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Siguiendo con el estudio de la práctica de la iglesia neotestamentaria es bueno preguntarnos para que se reunía esta. A decir verdad, aparentemente los cristianos nunca nos preguntamos por qué hacemos lo que hacemos. En cambio, seguimos cumpliendo alegremente nuestras tradiciones religiosas, sin preguntarnos de dónde surgieron. La mayoría de los cristianos que dicen defender la integridad de La Palabra de Dios nunca han investigado para ver si las cosas que hacen domingo tras domingo cuentan con algún fundamento bíblico. ¿Cómo lo sé? Porque, si lo hicieran, los llevaría a algunas conclusiones muy perturbadoras, conclusiones que los obligaría por conciencia a abandonar para siempre lo que están haciendo. Es llamativo que el pensamiento y la práctica de la iglesia contemporánea han sido influidos mucho más por sucesos históricos posbíblicos que por los imperativos y ejemplos del Nuevo Testamento. Sin embargo, la mayoría de los cristianos no son conscientes de esta influencia. Tampoco son conscientes de que esto ha creado un cúmulo de nefastas tradiciones.

 ¿Qué era el propósito de la reunión eclesial neotestamentaria?

Antes que todo quiero hacer notar que  cuando uso el término ‘reunión eclesial’, lo uso en un sentido muy limitado, así que quiero que esto quede bien claro. En La Biblia se describen varios tipos diferentes de reuniones en que los cristianos primitivos se congregaban (reuniones de oración, reuniones evangelísticas, reuniones ministeriales, reuniones apostólicas, concilios eclesiásticos, etcétera). Al decir ‘reunión eclesial’, me estoy refiriendo a la reunión especial de la asamblea local que se describe en 1 Corintios 11—14.

Antes de explorar el propósito de la reunión eclesial neotestamentaria, examinemos primero para qué se reúne hoy día la mayoría de los cristianos como ‘iglesia’. Básicamente, hay cuatro razones para ello:

1) la adoración corporativa,

2) hacer evangelismo,

3) escuchar un sermón, ó

4) confraternizar.

Por muy extraño que parezca, en el Nuevo Testamento nunca se visualiza ninguna de estas razones como el propósito central de la reunión eclesial.

 El lugar de la adoración, del evangelismo, de la predicación y de la confraternización

Según el Nuevo Testamento, la adoración es algo que vivimos. Es la manifestación de nuestra gratitud, nuestro afecto, nuestra devoción, nuestra humildad y nuestra obediencia sacrificial que Dios merece en cada momento (Mateo 2:11; Romanos 12:1; Filipenses 3:3). Por tanto, cuando nos congregamos como pueblo de Dios, debemos venir en espíritu de adoración. El templo de la antigua Israel es la figura clave de este aspecto de la reunión eclesial. El rasgo sobresaliente del templo era la adoración. No obstante, en la mente de muchos cristianos modernos se limita la adoración a cantar coritos, himnos y cánticos de alabanza. En tanto que adorar a Dios mediante cánticos era una faceta muy importante de la reunión eclesial primitiva (Efesios 5:19; Colosenses 3:16), en La Biblia nunca se lo presenta como su objetivo principal.

De la misma manera, en La Biblia nunca se iguala el propósito de la reunión eclesial con el evangelismo. Más bien, en el Nuevo Testamento se demuestra en forma clara que, por lo común, se ocupaban en el evangelismo fuera de las reuniones eclesiales. Generalmente la predicación del evangelio se llevaba a cabo en los lugares que los inconversos frecuentaban, por ejemplo, en las sinagogas (de los judíos) y en las plazas de mercado o plazas públicas. Al contrario, la congregación de la iglesia neotestamentaria era principalmente una reunión de los creyentes. El contexto de 1 Corintios 11—14 hace esto muy claro. Aun cuando a veces había inconversos presentes, ellos no eran el objeto de esa reunión. (En 1 Corintios 14:23—25 Pablo menciona fugazmente la presencia de inconversos en la reunión, encuadrando su comentario en un lenguaje hipotético.)

Además, la noción popular de que el motivo de la reunión semanal de la iglesia era escuchar un sermón, no tiene aseveración bíblica. En tanto que el ministerio de La Palabra estaba ciertamente presente en la congregación de la iglesia primitiva, (en 1 Corintios 14 se habla de aquellos que traen doctrinas, revelaciones y profecías), escuchar ‘un sermón’ nunca fue su rasgo característico. A este respecto, la reunión neotestamentaria era marcadamente diferente del típico servicio de una iglesia protestante, en que el púlpito es el rasgo central, donde todo conduce al sermón y está estructurado alrededor del mismo, y donde la congregación evalúa la reunión por la calidad del mensaje. La noción de una reunión eclesial de estilo púlpito-banca, enfocada en el sermón, no puede ser probada con el Nuevo Testamento. El orden del culto protestante tiene casi tanto apoyo bíblico como la misa católico romana! Ninguno de los dos tiene punto de contacto alguno con el Nuevo Testamento.

De hecho, los apóstoles ministraban La Palabra de Dios ampliamente en ciertos ambientes. Pero esos ambientes no eran ‘reuniones eclesiales’. Eran ‘reuniones ministeriales’, diseñadas para propósitos evangelísticos o para el fortalecimiento de los creyentes. Esas reuniones eran análogas a los seminarios, talleres y conferencias de nuestros días. No se debe confundir tales ‘reuniones ministeriales’ con las ‘reuniones eclesiales’. En aquéllas, uno o dos creyentes compartían con una audiencia interactiva, a fin de habilitarla para realizar obras de servicio; en éstas, cada miembro ejercía libremente su don, sin ocupar ninguno de ellos un estrado central. De modo que, aun cuando el ministerio de La Palabra era un aspecto de la reunión eclesial, no era su propósito central. Además, en la reunión eclesial la enseñanza no la impartía la misma persona semana tras semana, como es la costumbre en la iglesia institucional de hoy.

La confraternización o comunión tampoco era el propósito principal de la reunión neotestamentaria. En tanto que la confraternización es una demanda de la vida corporativa, nunca se dice que haya sido el propósito principal de la reunión eclesial. La confraternización es simplemente una de las muchas consecuencias orgánicas que emergen, cuando el pueblo de Dios empieza a entronizar gozosamente al Señor Jesucristo y a permitir que su Espíritu dirija sus reuniones (Hechos 2:42). Con todo, por necesaria que la confraternización sea para la vida de la iglesia, no debe ser igualado con el propósito de la reunión eclesial.

 Exhortación y edificación mutuas

Si el propósito de la reunión eclesial, como viene descrita en el Nuevo Testamento, no era la adoración corporativa, ni el evangelismo, ni la predicación, ni la confraternización, entonces ¿qué era? De acuerdo a las Escrituras, el propósito principal de la reunión eclesial era la edificación y exhortación mutuas. En 1 Corintios 14:26 se presenta esto en forma clara:

¿Qué hay, pues, hermanos? Cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación. HAGASE TODO PARA EDIFICACION.

En hebreos 10:24, 25 se expresa esto en forma todavía más clara:

Y considerémonos UNOS A OTROS para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino EXHORTANDONOS; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca. (Véase también Romanos 14:19; 1 Tesalonicenses 5:11 y Hebreos 3:13, 14.)

La reunión eclesial que se visualiza en el Nuevo Testamento, fue diseñada para permitir que todo miembro de la asamblea participe en la edificación del Cuerpo como un todo (Efesios 4:16). La reciprocidad constituía el distintivo de la reunión eclesial neotestamentaria —"cada uno de vosotros" era su característica más sobresaliente. En tanto que se cantaban cánticos de alabanza y de adoración, los mismos no estaban confinados al liderazgo de un grupo de músicos ‘profesionales’. Al contrario, la reunión estaba abierta para permitir que "cada uno" ministrara por medio del canto. Según las palabras de Pablo, "cada uno de vosotros tiene un salmo" en la reunión local. Hasta los cánticos mismos estaban marcados por un elemento de reciprocidad, porque Pablo exhorta a los hermanos a estar "hablando entre vosotros... enseñándoos y exhortándoos unos a otros... con salmos e himnos y cánticos espirituales" (Efesios 5:19; Colosenses 3:16). En un contexto tan abierto, es razonable suponer que los cristianos primitivos componían regularmente sus propios cánticos y los compartían con el resto de los santos durante la reunión. A cada creyente que tenía una palabra de parte de Dios, se le proporcionaba la libertad de suministrarla por medio de su propio don espiritual particular.

Al descorrer Pablo la cortina de una reunión neotestamentaria en 1 Corintios 14, vemos una reunión en la que cada miembro está activamente involucrado. Lozanía, sinceridad y espontaneidad son las notas principales de esa reunión, y la edificación mutua es su meta fundamental.

Jesucristo, Director de la reunión neotestamentaria

Los requerimientos bíblicos relativos a la reunión eclesial de la iglesia primitiva, delineados en el Nuevo Testamento, descansan sólidamente en el liderazgo de Jesucristo como Cabeza, que es el punto central del propósito  de Dios (Efesios 1:9-22; Colosenses 1:16-18). Es decir, el Señor Jesucristo era cumplidamente preeminente en la reunión eclesial neotestamentaria. El era su centro y su circunferencia. El establecía la agenda y dirigía los acontecimientos. Si bien su dirección era invisible a simple vista, Cristo era claramente el Agente Conductor.

En este respecto, el Señor Jesús tenía libertad para hablar por medio de quienquiera que El escogía y en cualquier capacidad que El creía adecuada. La práctica común de que unos pocos ministros profesionales asuman toda la actividad de la asamblea, en tanto que el resto de los santos permanecen pasivos, era totalmente extraña en la iglesia primitiva. La reunión neotestamentaria estaba fundamentada en el principio de la ‘mesa redonda’, en la cual se estimula a cada miembro a que funcione, más bien que en el principio de ‘púlpito/banca’, donde los miembros están divididos entre los pocos activos y los muchos pasivos.

En la asamblea neotestamentaria, ni el sermón ni el ‘predicador’ eran el centro. En cambio, la participación congregacional era la regla divina. La reunión no era litúrgica, ni ritualista, ni ‘sagrada’. No tenía ningún sentido de ser ni sacrosanta ni rutinaria, sino que reflejaba una espontaneidad flexible en la que el Espíritu de Dios estaba en absoluto control, teniendo libertad para moverse en forma ordenada por medio de cualquier miembro del Cuerpo como El quería. De hecho, la reunión eclesial primitiva estaba dirigida por el Espíritu Santo de tal modo, que si un creyente recibía un discernimiento mientras otro estaba compartiendo la Palabra, tenía libertad para interponer su reflexión. Asombrosamente, la persona que estaba hablando, callaba y escuchaba lo que el otro decía (1 Corintios 14:29, 30). Más aún, hacer preguntas provechosas y llevar a cabo saludables discusiones, constituían parte común de las reuniones (1 Corintios 14:27-40).

En nuestros días, semejantes reuniones son casi inconcebibles en el contexto de la mayor parte de las iglesias contemporáneas. La mayoría de los cristianos teme confiar en que el liderazgo del Espíritu Santo dirija y conforme sus servicios eclesiales. El hecho de que no pueden visualizar una reunión corporativa sin ponerse bajo la guía directa de un moderador humano, revela que desconocen las maneras de Dios. Mucha de la razón de esto tiene que ver con su propio desconocimiento del obrar del Espíritu Santo en sus asuntos personales. Expresado en forma simple, si no conocemos el control del Espíritu Santo en nuestra propia vida, ¿cómo podemos conocerlo cuando nos reunimos? La verdad es que muchos de nosotros —como Israel en tiempos antiguos— todavía clamamos por un rey que gobierne sobre nosotros y por un mediador visible que nos diga lo que Dios ha dicho (Éxodo 20:19; 1 Samuel 8:19).

Ciertamente la presencia de un moderador humano en la reunión eclesial es una apreciada tradición, a la que muchos cristianos están apegados con vehemencia. El problema está en que esa tradición no cuadra con las Escrituras. En ninguna parte del Nuevo Testamento encontramos base para una reunión que sea dominada, dirigida y oficiada por una persona. Tampoco encontramos una reunión que esté enraizada en la centralidad del púlpito enfocada en un hombre. Probablemente la característica más asombrosa de la reunión eclesial neotestamentaria era la ausencia de todo ministerio humano. Cristo dirigía las reuniones por medio del Espíritu Santo en la comunidad de creyentes. Una vez más, el principio que regía a la reunión eclesial primitiva era el de "unos a otros"; la reciprocidad era su rasgo distintivo. ¡No es de extrañar que la frase unos a otros se usa aproximadamente sesenta veces en el Nuevo Testamento! A este respecto Watchman Nee hace la siguiente observación:

En las reuniones eclesiales, "cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación" (1 Corintios 14:26). Aquí no es el caso de que uno dirige y todos los demás siguen, sino que cada uno contribuye su parte de utilidad espiritual... Nada es determinado por el hombre, y todos toman parte según el Espíritu guía. No es un ministerio ‘enteramente de hombre’, sino un ministerio del Espíritu Santo... Se le da oportunidad a cada miembro de la iglesia para que ayude a otros, y se le da oportunidad a cada uno para que sea ayudado. Un hermano puede hablar en una etapa de la reunión y otro más tarde; usted puede ser escogido por el Espíritu Santo para que ayude a los hermanos esta vez, y yo, la próxima vez... Cada individuo debe asumir su parte de responsabilidad y pasar a los demás lo que él mismo ha recibido del Señor. La dirección de las reuniones no debe ser responsabilidad de ningún individuo en particular, sino que todos los miembros deben asumir esa responsabilidad juntamente, y deben procurar ayudarse unos a otros, dependiendo de la enseñanza y dirección del Espíritu Santo, y dependiendo de su habilitación también... Una reunión eclesial ha de tener sobre sí la estampa de ‘unos a otros’. (La vida eclesial cristiana normal.)

La mentalidad popular de ‘un solo hombre’ de nuestros días, que rivaliza con el liderazgo funcional de Jesucristo como Cabeza, era completamente desconocido en la asamblea primitiva. En cambio, todos los hermanos venían a la reunión sintiendo que tenían el privilegio y la responsabilidad de contribuir con algo. La reunión eclesial primitiva estaba caracterizada por una sincera libertad e informalidad, que era la atmósfera indispensable para que Cristo funcionara libremente por medio de cada miembro de su Cuerpo.

En el primer siglo, ‘ir a la iglesia’ significaba en esencia más dar que recibir. Esto es, los creyentes no asistían a la reunión eclesial para recibir de una clase de especialistas religiosos llamados ‘la clerecía’. En cambio, se reunían para servir a sus hermanos por medio de sus dones individuales, para que el Cuerpo entero pudiera ser edificado (Romanos 12:1—8). En el concepto de Dios, es la diversidad unificada de los dones otorgados por el Espíritu Santo, lo que es esencial para la edificación de la asamblea local. Robert Banks describe la función de la reunión neotestamentaria diciendo:

A cada miembro de la comunidad le es otorgado un ministerio para con los otros miembros de la comunidad. Esto quiere decir, que ninguna persona o grupo de personas pueden desestimar, basados en sus propios dones particulares, otras contribuciones del ‘Cuerpo’, ni imponer una uniformidad sobre todos los demás. La comunidad contiene una gran diversidad de ministerios, y es precisamente en las diferencias de función que la totalidad y unidad del Cuerpo reside. Dios ha diseñado las cosas de tal modo, que es necesario que todas las personas se involucren con su contribución especial, para que la comunidad funcione apropiadamente. Esto quiere decir, que cada miembro tiene una función única en su género que desempeñar, pero asimismo depende de todos los demás (La idea que Pablo tenía de la comunidad).

En este punto es importante subrayar que el concepto del ministerio mutuo visualizado en el Nuevo Testamento, es muy diferente de la estrecha definición del ‘ministerio laico’ que se promueve en la moderna iglesia institucional. Cierto, la mayor parte de las iglesias establecidas ofrece una plétora de cargos voluntarios para los ‘laicos’, como podar el césped de la rectoría, hacer de ujier para acomodar la gente, lavar el carro del pastor, barrer el templo, estrechar la mano de la gente en la puerta del santuario, repartir boletines, enseñar en la escuela dominical, cantar en el coro o en el grupo de adoración y pasar las transparencias en el proyector. Pero estos cargos de ministerio restringidos son muy distintos del libre y desembarazado ejercicio de los dones espirituales que se deparaba a cada creyente en la reunión eclesial primitiva.

 Necesidad de un sacerdocio en funciones

Es lastimosamente claro que el orden del culto protestante no se originó en el Señor Jesús, los apóstoles o las escrituras de Nuevo Testamento. Esto, en sí mismo, no lo convierte en algo erróneo. Simplemente significa que no tiene ninguna base bíblica. El uso de sillas y alfombras  en reuniones cristianas tampoco tiene apoyo bíblico. Y ambos fueron inventados por paganos. Pero nadie diría que sentarse en sillas o usar alfombras está “mal” simplemente porque son invenciones posbíblicas creadas por paganos. El hecho es que hacemos muchas cosas en nuestra cultura que tienen raíces paganas. Considere el calendario que usamos. Los días de nuestra semana y los meses de nuestro año fueron nombrados en honor a dioses paganos. Pero usar el calendario aceptado no nos hace paganos. Sin embargo, el orden del culto dominical es un asunto distinto. Aparte de no ser bíblico y estar muy influido por el paganismo (que va en contra de lo que se predica del púlpito), es dañino espiritualmente. Primeramente, el orden del culto protestante reprime la participación mutua y el crecimiento de la comunidad cristiana. Ahoga el funcionamiento del Cuerpo de Cristo al silenciar a sus miembros. No hay absolutamente ningún espacio para que usted dé una palabra de exhortación, comparta una perspectiva, inicie o introduzca una canción o dirija una oración espontáneamente. ¡No tiene más opción que quedarse sentado, portándose bien y en silencio! Como todos los demás pobres e infelices “laicos”, usted sólo puede abrir su boca durante el canto congregacional. (Por supuesto, si es un pentecostal o carismático, tal vez se le permita dar una expresión extática durante un minuto. Pero después tiene que sentarse y quedarse callado.) Aun cuando el compartir abiertamente en una reunión de iglesia es completamente bíblico, ¡usted estaría rompiendo la liturgia si se atreviera a intentar algo tan inaudito! Se lo consideraría “fuera de orden” y se le daría la opción de portarse bien o marcharse. En segundo lugar, el orden del culto protestante sofoca el señorío de Jesucristo. Todo el servicio es dirigido por un hombre. ¿Dónde está la libertad para que nuestro Señor Jesús hable a través de su Cuerpo libremente? ¿En qué parte de la liturgia puede Dios dar a un hermano o hermana una palabra para compartir con toda la congregación? El orden del culto no permite tal cosa. Jesucristo no tiene la libertad de expresarse a través de su Cuerpo a discreción. ¡Se encuentra preso de nuestra liturgia! ¡Él también ha sido convertido en un espectador pasivo! Es cierto que Cristo puede expresarse a través de uno o dos miembros de la iglesia, generalmente el pastor y el líder de música. Pero, esta es una expresión muy limitada. La manifestación del Señor a través de los demás miembros del Cuerpo se encuentra limitada.

Por consiguiente, la liturgia protestante distorsiona al Cuerpo de Cristo, convirtiéndolo en un monstruo. ¡Se convierte en una enorme lengua (el pastor) y muchas orejas pequeñas (la congregación)! Esto violenta la visión de Pablo del Cuerpo de Cristo, en la que cada miembro funciona en la reunión de iglesia para el bien común.

En tercer lugar, para muchos cristianos el culto dominical es tremendamente aburrido. Carece de variedad y espontaneidad. Es muy previsible, muy superficial y muy mecánico. Hay poco que sea fresco o innovador. El orden del culto del domingo a la mañana es un violín de una sola cuerda que ha quedado congelado en la inmovilidad durante cinco siglos. Es el mismo espectáculo cada Semana. Dicho sin rodeos, el orden del culto encarna el poder ambiguo de la repetición. Y la repetición se vuelve rápidamente rutina, que a su vez se convierte en algo cansador, sin sentido y finalmente invisible.

Las iglesias  han reconocido la naturaleza estéril del culto de iglesia moderno. En respuesta, han incorporado una gran cantidad de medios de comunicación y modernizaciones  a la liturgia, danzarinas, mensajes de motivación personal y prosperidad financiera, obras de teatro, show musicales etc. Esto se hace para comercializar el culto a las personas que no concurren a la iglesia. Utilizando las últimas técnicas de marketing moderno estas  iglesias han logrado aumentar sus filas. Como resultado, han logrado la mayor participación de mercado entre todas las tradiciones protestantes. Pero, a pesar del entretenimiento adicional que ofrece,  no ha podido sacarse de encima la liturgia protestante, inamovible, poco imaginativa, poco creativa, inflexible, absurdamente ritualista y pro forma. El culto sigue estando en manos del pastor, el triple “sándwich de himnos” permanece intacto y los asistentes siguen siendo espectadores mudos (solo que ahora están algo más entretenidos.)

En cuarto lugar, la liturgia protestante a la que usted asiste silenciosamente cada domingo, año tras año, en realidad obstaculiza la transformación espiritual porque: (1) alienta la pasividad, (2) limita el funcionamiento y (3) sugiere que la inversión de una o dos horas semanales es la clave de la vida cristiana victoriosa.

 1 Corintios 14:26. El Nuevo Testamento enseña que todos los cristianos deben usar sus dones como sacerdotes en funcionamiento para edificarse mutuamente cuando se reúnen (Romanos 12:3, 6; 1 Corintios 12:7; Efesios 4:7; Hebreos 10:24, 25; 13:15, 16; 1 Pedro 2:5, 9). En palabras de Arthur Wallis: “Las liturgias, sean antiguas o modernas, escritas o no escritas, son un mecanismo humano para mantener la ruedas religiosas en movimiento haciendo lo de costumbre en vez de ejercer fe en la presencia y la operación inmediatas del Espíritu”.

Cada domingo usted asiste al culto para ser vendado y recargado, como el resto de los soldados maltrechos. Pero esto es algo que nunca se logra. La razón es bastante simple. El Nuevo Testamento nunca relaciona el permanecer sentado durante un ritual osificado que rotulamos erróneamente como “iglesia” con algo que tenga alguna relación con la transformación espiritual. Crecemos funcionando, y no mirando y escuchando pasivamente. Reconózcalo. El orden del culto protestante no es bíblico, es impráctico y no es espiritual. No tiene ningún equivalente en el Nuevo Testamento. Más bien, encuentra sus raíces en la cultura del hombre caído. Ataca el corazón del cristianismo primitivo, que era informal y libre de rituales. Cinco siglos después de La Reforma, el orden del culto protestante todavía difiere poco de la misa católica, un ritual religioso que es una fusión de elementos paganos y judaicos. La única manera de descongelar al pueblo congelado de Dios es haciendo un corte dramático con el ritual del domingo a la mañana. La otra opción es ser culpable de las palabras estremecedoras de nuestro Señor: “Ustedes han desechado los mandamientos divinos y se aferran a las tradiciones humanas”.

A la luz de todo lo que se ha dicho hasta aquí, considérense las siguientes preguntas expresivas: ¿Por qué la iglesia primitiva se reunía de esta manera? ¿Era tan sólo una tradición cultural pasajera? ¿Aquello representaba la infancia, ignorancia e inmadurez de la iglesia primitiva? Yo creo que no, porque la práctica de la reunión eclesial primitiva está hondamente enraizada en la teología bíblica. La misma hacía real y práctica la doctrina bíblica del sacerdocio de todos los creyentes —una doctrina que todos los evangélicos afirman con sus labios.

¿Y cuál es esa doctrina? En palabras de Pedro, es la noción de que todos los creyentes son sacerdotes espirituales que son llamados a ofrecer "sacrificios espirituales" al Señor y para con sus hermanos. Según el lenguaje de Pablo, es la idea de que todos los cristianos son miembros en funciones del Cuerpo de Cristo. Entonces, desde un punto de vista pragmático, la reunión eclesial neotestamentaria es la dinámica bíblica que produce crecimiento espiritual tanto corporativa como individualmente (Efesios 4:11-16); porque si no funcionamos, no crecemos— y ésta es una ley del reino (Marcos 4:24, 25). Desde luego, los creyentes pueden y deben funcionar fuera de las reuniones eclesiales; pero las reuniones de la iglesia están diseñadas especialmente para que cada cristiano ejerza sus dones (1 Corintios 11—14; Hebreos 10:24, 25). Por tanto, la práctica común de llevar el trato de "unos a otros" fuera del servicio eclesial moderno, no puede sino retardar el crecimiento de la comunidad creyente.

A este respecto, la iglesia institucional es esencialmente una casa cuna para niños espirituales grandullones. Debido a que ha habituado al pueblo de Dios a ser tan sólo receptores pasivos, la misma ha impedido su crecimiento y los ha mantenido en una infancia espiritual. (La incesante necesidad de recibir alimento espiritual predigerido, servido en porciones, es señal de inmadurez espiritual —1 Corintios 3:1, 2; Hebreos 5:12-14).

Aun cuando La Reforma recuperó la doctrina del sacerdocio de todos los creyentes, no restauró las prácticas necesarias que incorporan esta enseñanza. En tanto que la iglesia ha reclamado el fundamento de un sacerdocio de creyentes, ha dejado de ocupar ese terreno. En consecuencia, en la iglesia protestante típica la doctrina del sacerdocio de todos los creyentes no es más que una verdad estéril.

En el protestantismo evangélico moderno, la doctrina del sacerdocio de los creyentes sigue implorando la aplicación e implementación prácticas en la vida del pueblo del Señor. Por tanto, Dios ha establecido reuniones participativas libres para encarnar la espléndida realidad espiritual de expresar al Señor resucitado, por conducto de un sacerdocio plenamente empleado. De esta manera, la reunión eclesial neotestamentaria fue diseñada por Dios para que cumpla su propósito, que está centrado en formar a Jesucristo en un grupo de personas y hacerlos llegar a su plena estatura (Gálatas 4:19; Efesios 4:11-16).

No hay nada más conducente a la cultura de la vida espiritual, que la reunión eclesial libre, descrita en el Nuevo Testamento. En este respecto, en el libro de hebreos se demuestra ampliamente que la provisión mutua del Cuerpo es vital para el crecimiento espiritual de la iglesia. Muy simplemente, el ministerio mutuo es el antídoto divino para prevenir la apostasía, el requisito divino para asegurar la perseverancia, y el medio divino para cultivar la vida espiritual individual. Considere usted Hebreos 3:12-14:

Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros CORAZON MALO DE INCREDULIDAD PARA APARTARSE DEL DIOS VIVO; ANTES EXHORTAOS LOS UNOS A LOS OTROS CADA DIA... PARA QUE NINGUNO DE VOSOTROS SE ENDUREZCA POR EL ENGAÑO DEL PECADO. Porque somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio.

Aquí el escritor de la epístola a los Hebreos nos enseña que la edificación mutua es el remedio o antídoto para no desarrollar un corazón incrédulo y una voluntad endurecida debidos al engaño del pecado. Además, en Hebreos 10:25, 26, La Biblia presenta otra vez la exhortación mutua como la salvaguardia divinamente establecida contra el peligro de apartarse del Señor. Allí, dice:

...no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortandonos... PORQUE SI PECAREMOS VOLUNTARIAMENTE después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados.

En tanto que multitudes de eclesiásticos han hecho uso común de este texto para subrayar la importancia de ‘asistir a la iglesia’, han ignorado felizmente el resto del pasaje, el cual nos proporciona el principal propósito y actividad de la reunión eclesial, esto es, la mutua exhortación y aliento. Francamente, ignoramos la plena enseñanza de este pasaje para nuestro propio riesgo, porque nuestra prosperidad espiritual depende de las reuniones corporativas que estén caracterizadas por el ministerio mutuo. 

Cómo manifestar a Jesucristo en su plenitud

Resulta muy significativo que la palabra griega ekklesía, que se traduce como iglesia, quiere decir literalmente ‘asamblea’. Esto engrana perfectamente con el concepto dominante que prevalece en los escritos paulinos, de que la iglesia es Cristo en una expresión corporativa (1 Corintios 12:1-27; Efesios 1:22, 23; 4:1-16). Por tanto, la función de la asamblea local es expresar al Salvador Resucitado. Nos reunimos con el objeto de que el Señor Jesús pueda manifestarse en su plenitud para la edificación de su Cuerpo. Pero la única manera en que esto puede llegar a ser una realidad, es si todos los miembros de la asamblea están libres para suplir el aspecto de Cristo que han recibido.

Por lo mismo, si ‘la mano’ no funciona en la reunión, entonces Cristo no es manifestado en su plenitud; porque el Señor Jesús no puede revelarse plenamente por conducto de tan sólo un miembro. Del mismo modo, si ‘los ojos’ dejan de funcionar, Cristo estará limitado en revelarse. Por otra parte, cuando todos los miembros del Cuerpo funcionan, cada uno conforme a su don peculiar, Cristo es plenamente conocido —El, por así decirlo, ¡está Congregado en medio de nosotros!

Considérese la analogía de un rompecabezas. Cuando cada pieza de un rompecabezas se pone en su posición correcta con relación a las otras piezas, decimos que el rompecabezas está ‘armado’. Como resultado, el cuadro entero se ve y se comprende. Y así mismo es con Cristo y su iglesia. Cuando, mediante el libre pero ordenado ejercicio de los dones otorgados por el Espíritu, cada miembro de la ekklesía proporciona algo de la Cabeza (Cristo resucitado), se realiza el deseo de Dios de revelar una vez más de una nueva forma su bendito Hijo a nuestro corazón.

Que nadie entienda mal  este punto, las reuniones participativas no excluyen la idea de planificar. Tampoco quieren decir que debemos descartar toda apariencia de orden o forma. En el capítulo 14 de 1 Corintios Pablo formula varias pautas generales, que están diseñadas para mantener la reunión eclesial funcionando en forma ordenada. Esas pautas demuestran que en el concepto de Pablo no hay conflicto entre una reunión libre, participativa, y una ordenada, que resulta en la edificación de todos los miembros. Con un discernimiento docto un autor resume la estructura de la reunión eclesial neotestamentaria diciendo:

La soberanía del Espíritu sobre los dones resulta en una estable aunque no inflexible distribución dentro de la comunidad, y en la ordenada aunque no fija acción recíproca de ellos en sus reuniones... Así pues, siempre que se tengan en cuenta ciertos principios básicos de la operación del Espíritu: equilibrio, claridad, evaluación, orden y ejercicio amoroso, Pablo no ve la necesidad de establecer ninguna regla fija para el proceder de la comunidad... Por consiguiente, Pablo no se interesa en estructurar una liturgia fija. Esta restringiría la libertad de las comunicaciones de Dios. Cada reunión de la comunidad habrá de tener una estructura, pero la misma surgirá en forma natural de la combinación particular de los dones ejercidos (Paul’s Idea of Community /La idea que Pablo tenía de la comunidad/).

 La cuestión de la fuerza sustentadora

Lo que hemos expuesto con respecto al propósito de la reunión eclesial primitiva, toca un aspecto vital que pone a la asamblea neotestamentaria aparte de la iglesia institucional moderna. Asimismo implica la escrutadora pregunta de qué es lo que impele y sustenta a la iglesia.

En la iglesia institucional típica, el mecanismo religioso del ‘programa’ eclesial es la fuerza que impele y traza la dirección de la asamblea. Si el Espíritu de Dios se fuera de una iglesia institucional, no se notaría su ausencia: el procedimiento rutinario seguiría adelante; la adoración no quedaría afectada; la liturgia no se interrumpiría; se escucharían los anuncios; se recogerían las ofrendas; se predicaría el sermón; y se ofrecería el cántico final. Igual que Sansón en aquellos tiempos, la congregación seguiría adelante con el programa religioso "sin saber que ya Jehová se había apartado" (Jueces 16:20).

Por contraste, el único factor sustentador de la asamblea neotestamentaria era la vida del Espíritu Santo. La iglesia primitiva dependía enteramente de la vida espiritual de los miembros individuales para mantener su existencia. Por tanto, si la vida de una reunión neotestamentaria estaba en decadencia, todos lo sabrían —no se podía pasar por alto el frío aliento de la muerte. Lo que es más, si el Espíritu de Dios se iba de una congregación, la reunión se venía totalmente abajo. En breve, la iglesia neotestamentaria no conocía ninguna otra influencia sostenedora que la vida del Espíritu en la comunidad de creyentes. No dependía de ningún sistema programado por el hombre, planeado humanamente y aprovisionado institucionalmente, para preservar su impulso.

En este respecto, la iglesia institucional ha estado perfectamente tipificada por el tabernáculo mosaico de la antigüedad, después que el arca de Dios fue quitada del mismo. Cuando la presencia de Dios se fue de ese tabernáculo santo, el mismo quedó reducido a nada más que una cubierta vacía acompañada de un exterior impresionante. Con todo, a pesar del hecho de que la gloria del Señor había partido, los adoradores continuaron ofreciendo sus sacrificios en el tabernáculo vacío (1 Crónicas 16:39, 40; 2 Crónicas 1:3-5; Jeremías 7:12). Para usar la figura veterotestamentaria, la iglesia institucional ha confundido la preparación del altar con el fuego consumidor. Quedando contenta con rearreglar las piezas del sacrificio sobre el altar, la iglesia institucional ya no ve la necesidad del fuego celestial (excepto, quizás, para que el pueblo se sienta bien).

Por lo tanto, la tragedia de la iglesia institucional radica en su dependencia de un sistema religioso proyectado humanamente e impulsado por programas, que sirve para sostener con andamios la estructura de la ‘iglesia’ cuando el Espíritu de Dios está ausente. Este sistema enmohecido revela el hecho de que, cuando la vida espontánea del Espíritu Santo se ha retirado de un grupo de creyentes, ese grupo cesa de ser una iglesia en todo sentido bíblico, aun cuando la forma exterior quede preservada.

 La objeción clerical

Aun cuando en el Nuevo Testamento se establece abundantemente el hecho de que las reuniones eclesiales de la iglesia primitiva eran libres, participativas y espontáneas, hoy en día muchos ministros modernos rehúsan aprobar tales reuniones. La opinión eclesiástica moderna referente a este asunto razona más o menos así: "Si yo permitiera que mi congregación ejerciese sus dones en una reunión libre, habría un completo caos; por tanto, no tengo otra alternativa que controlar los cultos para que la gente no se exceda fuera de control." Tal objeción tiene serios fallos en varios puntos y revela una crasa incomprensión de la eclesiología de Dios.

En primer lugar, la mera noción de que un ministro tenga la autoridad de ‘permitir’ o ‘prohibir’ a sus co-hermanos ejercer sus dones, está cimentada en una sesgada comprensión de la autoridad y ministerio eclesiásticos. El punto esencial de esto es que nadie tiene el derecho de permitir o prohibir el sacerdocio de los creyentes en el ejercicio de sus dones otorgados por el Espíritu Santo.

Segundo, suponer que sobrevendría un caos si se suprimiera el control eclesiástico, revela una falta de confianza en el Espíritu Santo. También revela falta de confianza en el pueblo de Dios, algo que no es paulino en absoluto (Romanos 14:2; 2 Corintios 2:3; 7:6; 8:22; Gálatas 5:10; 2 Tesalonicenses 3:4; Filemón 21; véase también Hebreos 6:9).

Tercero, la idea de que la reunión eclesial se convertiría en una tumultuosa contienda general, simplemente no es verdad. Si los santos están apropiadamente habilitados en su uso de los dones espirituales y saben cómo someterse al Espíritu Santo, entonces una reunión libre en que todos participan es algo glorioso. (Dicho sea de paso, los cristianos no se habilitan escuchando sermones semana tras semana mientras están sentados en las bancas. El resuelto temor que hay entre los predicadores profesionales de franquear sus servicios eclesiales para un ministerio espontáneo, es una clara prueba de esto).

Aun cuando puede ser que las reuniones libres participativas no sean siempre tan formales y esmeradas como los cultos tradicionales que transcurren en forma perfecta, con arreglo a la liturgia (no escrita) del pastor, las mismas sí revelan mucho más de la plenitud de Cristo y de la preciosidad de su pueblo, que ningún arreglo humano pudiera jamás manufacturar.

Desde luego, habrá ocasiones (especialmente en las etapas iniciales de la vida de una iglesia) en que algunos aporten un ministerio improductivo. Pero el antídoto para eso no es ponerle una tapa al ministerio espontáneo. Más bien, aquellos que prestan un ministerio no edificante deben ser corregidos. Y eso cae mayormente sobre los hombros de los hermanos más maduros, a saber, los ancianos. Recuérdese que cuando Pablo encaró el frenético atolladero en Corinto, no clausuró la reunión ni introdujo un ministerio humano. En cambio, les proporcionó a los hermanos varias pautas generales para facilitar el orden y la edificación en las reuniones (1 Corintios 14:1 y ss.). Lo que es más, Pablo confiaba en que la iglesia se adheriría a esas pautas. De la misma manera, si hoy día se siguen esas pautas, no hay necesidad de un ministerio humano en las reuniones de la iglesia, ni de liturgias establecidas, ni de servicios o cultos preplanificados. G.H. Lang explica esto:

Y cuando se reunían, no había evidencia de ningún líder visible, ni se seguía ningún programa previsto. Dos o hasta tres profetas podían dirigirse a la asamblea; se introducían salmos, oraciones y otros ejercicios en forma espontánea (1 Corintios 14). Se pone gran énfasis en esto como que es el propósito divino, por el hecho de que al surgir graves desórdenes y tornarse impropias e improductivas las reuniones (1 Corintios 11, 14), el Apóstol no sugiere de modo alguno ninguna otra forma de culto, sino que tan sólo establece algunos principios generales, la aplicación de los cuales habría de prevenir el desorden y promover la edificación, continuando el método de adoración siendo esencialmente igual que antes. A la verdad, se debía restringir las habladurías vanidosas y engañosas (ver 1 Timoteo 1:3; Tito 1:10-16); pero no había fuerza legislativa ni coercitiva; la autoridad de los ancianos era puramente moral... por lo tanto, era desconocido el hecho de que la asamblea estuviese controlada por un hombre. Mediante su Espíritu, el Señor mismo estaba presente en forma tan real como si estuviese visible. De hecho, para la fe El estaba visible; y estando El mismo allí, ¿qué siervo podía ser tan irreverente como para quitar de las manos de El control del culto y del ministerio? Pero, por otro lado, muy ciertamente no se trataba de que cualquiera tuviese la libertad de ministrar. La libertad consistía en que el Espíritu Santo hiciera su voluntad, no que su pueblo hiciera como quisiese... En la casa de Dios todos los derechos pasan únicamente al Hijo de Dios. La iglesia postapostólica se desvió prontamente de esta pauta (The Churches of God /Las iglesias de Dios/).

En el fondo, la tendencia a rechazar la reunión eclesial al estilo neotestamentario revela una falta de confianza en el Espíritu Santo. Rendle Short, citado por G.H. Lang en su libro, le da un toque aún más fino a esto diciendo:

Nosotros echamos a perder la obra de Dios y hambreamos nuestra alma si nos desviamos de este principio [reuniones libres participativas). Algunos pueden decir: "Pero ¿no se caerá en una terrible confusión si se procuran poner por obra estas pautas? En aquellos días tenían al Espíritu Santo que los guiaba, ¿y no nos extraviaremos desatinadamente, y tendremos reuniones insulsas, confusas, infructuosas, quizá hasta impropias, a menos que pongamos a alguien que se haga cargo?" ¿Esto no es prácticamente una negación del Espíritu Santo? ¿Nos atrevemos a negar que todavía se esté dando el Espíritu Santo? El Espíritu Santo está obrando en nuestros días tanto como obraba en aquellos días... Que nadie piense que lo que a veces llaman una ‘reunión libre’, quiere decir que los santos reunidos están a merced de algún charlatán inútil que cree que tiene algo que decir, y quisiera imponérseles. La reunión libre no es una reunión que es libre para el hombre. Es una reunión que es libre para el Espíritu Santo. Hay algunos a los cuales se les debe tapar la boca (Tito 1:10-14). A veces se les puede tapar la boca por medio de la oración, y a veces hay que reprimirlos por medio de una piadosa admonición... Pero debido a que hay descuido en cumplir este principio, no nos demos por vencidos en cuanto a los principios de Dios, (Las iglesias de Dios).

En Números 11 tenemos la primera aparición del clericalismo en La Biblia. Dos siervos del Señor, Eldad y Medad, recibieron el Espíritu de Dios y profetizaron en el campamento (vv. 26 y 27). Con una festinada respuesta un joven urgió a Moisés que "los impidiera" (v. 28). Pero Moisés le tapó la boca al joven supresor, declarando que era deseo de Dios que todo su pueblo tuviera el Espíritu y profetizara. Ese deseo se cumplió el día de Pentecostés (Hechos 2:17, 18) y continúa hallando cumplimiento hoy en día (Hechos 2:38, 39; 1 Corintios 14:1, 31). Desafortunadamente la iglesia moderna no carece de aquellos que desean impedir otra vez que Eldad y Medad ministren en la casa del Señor.

Liderazgo (como Cabeza) frente a Señorío

En este punto puede resultar útil notar la cuidadosa distinción que se hace en La Biblia entre Liderazgo (como Cabeza) y Señorío. A lo largo del Nuevo Testamento, al hablar del Liderazgo de Cristo(como Cabeza) prácticamente siempre se tiene en vista su relación con su Cuerpo (Efesios 1:21; 4:15; 5:23; Colosenses 1:18; 2:19), en tanto que en el Señorío de Jesucristo prácticamente siempre se tiene en vista su relación con individuos (Mateo 7:21, 22; Lucas 6:46; Hechos 16:31; Romanos 10:9, 13; 1 Corintios 6:17). Lo que el Señorío es para el individuo, el Liderazgo (como Cabeza) es para la iglesia. Por tanto, Liderazgo (como Cabeza) y Señorío son dos dimensiones de la misma cosa. El Liderazgo (como Cabeza) es Señorío desarrollado en la vida corporativa del pueblo de Dios.

Es importante comprender esta distinción, porque la misma arroja luz sobre el problema de la práctica de la iglesia hoy día. Es muy común que los cristianos conozcan el Señorío de Jesucristo y, no obstante, sepan poco de su Liderazgo (como Cabeza). Por ejemplo, un creyente puede someterse realmente al Señorío de Jesús en su propia vida personal. Puede obedecer lo que entiende en La Biblia, orar ferviente y regularmente y vivir una vida de abnegación, de piedad personal y de amor por otros. Con todo, puede que al mismo tiempo no sepa nada acerca del ministerio compartido, de la responsabilidad mutua y del testimonio corporativo.

En resumidas cuentas, estar sujeto al Liderazgo (como Cabeza) de Jesús, significa obedecer su voluntad con respecto a la vida y práctica de la iglesia. Eso incluye cosas tales como discernir la mente de Dios mediante el ministerio y participación mutuos, obedecer al Espíritu Santo mediante la sujeción y servidumbre mutuas, y testificar de Jesucristo colectivamente mediante la proyección y unidad mutuas. La sumisión al Liderazgo (como Cabeza) de Cristo encarna la enseñanza neotestamentaria de que Jesús es no sólo Señor de la vida de los hombres, sino que El es Dueño y Señor de la vida de la iglesia. Y La Biblia es clara en que cuando se establezca el Liderazgo (como Cabeza) de Jesucristo en la tierra y se le dé una expresión concreta, El vendrá a ser Cabeza sobre todas las cosas en el universo (Colosenses 1:16-18).

 Consideraciones finales

Se concluye este artículo  con varias preguntas para considerar:

¿Es posible que el protestantismo evangélico moderno sólo haya afirmado intelectualmente la doctrina del sacerdocio de los creyentes, pero que haya fallado en aplicarla prácticamente, debido al sutil engaño de tradiciones profundamente arraigadas? ¿Reflejan nuestros servicios eclesiales modernos, que están mayormente cimentados alrededor del sermón de un hombre y del programa de adoración de un grupo musical establecido, las reuniones normativas que hallamos en nuestra Biblia o son diferentes de ellas? ¿Por qué las reuniones eclesiales libres, participativas, eran buenas para los cristianos primitivos, pero que de algún modo son impracticables o peligrosas para nosotros hoy? Finalmente, ¿es nuestra práctica de la iglesia una expresión del completo Liderazgo (como Cabeza) de Cristo o del liderazgo de un hombre?

Que Dios nos ayude a responder estas preguntas sinceramente y a la luz de su Palabra.